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El espejo tiene dos caras





15 octubre, 2017

Por Ramón Grimalt

Estuve presente en la ceremonia religiosa dedicada a los excombatientes militares de Ñancahuazú con la firme intención de concretar un par de entrevistas que considero fundamentales para la realización de un documental sobre el Che Guevara, aunque es muy probable que vire hacia otro enfoque. Portando banderas y estandartes, todos ellos de uniforme, participaron en el evento, escucharon la homilía y, acompañados por sus familiares, intercambiaron anécdotas, compartieron vivencias y se comprometieron a reivindicar su espacio en la historia. No en vano, y ahí están los libros para corroborarlo, fueron los vencedores de la única guerra que ganó Bolivia como tal.

  Pero el Estado no los reconoce como beneméritos; de hecho, no hubo presencia de las Fuerzas Armadas ni del Ministerio de Defensa. El relato oficial producto de una adscripción ideológica orientada hacia una deriva socialista de pensamiento único, convierte a Ernesto Guevara en un mártir de la revolución y a quienes lo combatieron en sicarios del imperialismo. Esta es, sin duda, una injusticia histórica surgida de la miopía política de cierto sector del progresismo latinoamericano circunscrito a la mitificación de los combatientes contra el sistema capitalista convertidos en héroes de una hagiografía que conviene mantener como referente cultural para sostener gobiernos democráticos y regímenes, en igual medida. No es de extrañar, por lo tanto, que el aniversario de la captura y muerte del Che sea motivo más que suficiente para la instrumentalización de su dimensión histórica; aunque tal vez debería decir “sobredimensión”.

  Es bien cierto que los vencedores escriben la historia y ha sido así durante la construcción intelectual de la humanidad; pero desde autores como Greil Marcus, Walter Benjamin o S.P. McKenzie, entre otros, la historia se entiende como un proceso que merece ser interpretado, analizado y reinterpretado.  De este modo existe una lectura crítica de la historia que trasciende los eventos, las fechas e incluso los personajes. Se trata de un revisionismo académico cuyo objetivo es aportar una nueva visión alejada de pasiones e intereses políticos, lo más científica posible, apegada al desarrollo de los hechos y sus consecuencias, las mismas que resultan imprescindibles para entender el mundo de hoy y, de ese modo, proyectarse a aquel del mañana. En la lectura de los procesos históricos, no hay héroes ni villanos; nada es blanco o negro y los hechos son transversales. Por eso, considerar a Ernesto Guevara un mártir de la revolución es, definitivamente, una inexactitud como también lo es negarle su relevancia en el contexto de la Guerra Fría en América Latina a partir de la Revolución Cubana. En otras palabras, ni tanto ni tan poco. El equilibrio se consigue asumiendo que el espejo tiene dos caras aunque pedirle eso a un hombre o mujer ideologizado es imposible y la nuestra, amigo mío, es una sociedad que supura ideología.

  No seré yo, por Dios, quien se coloque por encima del bien y del mal. Lo único que reclamo en un gesto de honestidad intelectual, es que se respete el rigor histórico y que, por ejemplo, el sistema educativo empiece a formar ciudadanos con espíritu crítico en vez de carne adoctrinada. Por supuesto, eso no sucederá en un país donde el Estado preconiza el concepto de “descolonización” de un modo ortodoxo, vacuo e interesado. Porque ya no es época de héroes de cartón piedra, sino de seres humanos.

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