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Agua y aceite





10 octubre, 2017

 

Por Ramón Grimalt

Un compañero de trabajo debutó en un ring, entregándose sin remedio a una orgía de golpes, llaves y trucos en un espectáculo de lucha libre; otros dos, él y ella, actúan, cantan y bailan sobre el escenario de un teatro; una pareja, también entrañables amigos, se dedica a hacer imitaciones en la radio; un jefe se disfraza de oso en una diablada para que no quede duda de su pasión por el folclore nacional… Y podría seguir hasta completar los mil caracteres de esta columna.

No pasa nada, aunque debería. Cuando en cierta ocasión expuse este tema en la redacción, algunos me saltaron a la yugular: “debemos mostrar proximidad y empatía con la gente”, argumentaron. Les di la razón, en parte. Primero porque es verdad que los medios de comunicación social son básicamente eso, “sociales”, le pertenecen a la sociedad; segundo, porque quienes trabajan en ellos, son conscientes de que existe un concepto denominado “responsabilidad social empresarial” que deben preconizar y proteger. Entonces, el luchador, los actores, los imitadores graciosos y el oso danzarín que firma la planilla, responden a esos intereses como comunicadores sociales que son, pero nunca como periodistas.

Hago esta distinción porque en Bolivia, sobre todo aquí, se mezclan los dos roles hasta la confusión. El objetivo del periodista, para eso estudia, es el tratamiento de la información pudiéndose desempeñar en todos los géneros disponibles. Para ello, no le interesa ser simpático ni empático, simplemente profesional. Se alejará, por lo tanto, de otras actividades públicas que nada tengan que ver con esa función. En privado, puede hacer lo que le dé la gana; pero cuando se sitúe detrás de un micrófono, una grabadora, una máquina de escribir (hay quien todavía la usa), o una computadora, será simple y llanamente periodista.

No es cosa del otro mundo, menos un sacerdocio. El gran Gabriel García Márquez lo definió como el oficio más bonito del mundo, sin duda una hipérbole pecaminosa que se repite en las facultades convirtiéndose en un lema, un camino a seguir. Para mí, es un trabajo que exige una alta cuota de formación intelectual y profesionalidad, hecho que en algunas ocasiones llega incluso a agotarme y hasta aburrirme, sobre todo cuando reviso de reojo el estado de mi caja de ahorros porque aún no conozco un periodista probo y decente que sea rico.

Al otro lado de frontera, más allá de ese paralelo 38 que divide con una línea roja el cuarto del primer poder, hay quien seducido por los cantos de sirena de la política cae en la tentación. No lo puedo censurar; tampoco soy quien para juzgarlo. Simplemente que al momento de cruzar, deja de ser periodista. Caramba, no es tan difícil de entender: periodismo y política son como agua y aceite. Pero también periodismo y farándula o cualquier otra actividad que lo banalice, incluso, por Dios, que lo haga humano poniendo a prueba sus sentimientos y agallas.

La respuesta está en la obligación casi moral del periodismo de cuestionar el poder establecido o por establecerse; no se trata de ejercer de opositor, como quiere vender el Gobierno en un auto de fe permanente donde se quema a las brujas que pongan en tela de juicio sus decisiones, sino de vestirse de abogado del diablo, ese que duda y duda y vuelve a dudar, y en ese ejercicio se aproxima al hecho, nunca a la verdad, que es cosa de filósofos.

Qué duda cabe que esta labor es altamente compleja porque implica rigor y seriedad. Entonces si quien maneja información combate en un cuadrilátero contra Jennifer dos Caras o El Santo para luego reportar en directo sobre la violación de un menor cambiando el gesto, pierde rigor y naturalmente, seriedad; en otras palabras, deja de ser creíble. Y la credibilidad, señores, es la única garantía del periodismo en tiempo de redes sociales y posverdad a la carta.