MAR
OCT
24

Diario de Campaña de Boquerón: Los últimos días de gloria suprema y extrema agonía






8 octubre, 2017

Boquerón: Orden de Operaciones 16/IX/32 “El Destacamento tiene la misión de defender sus posiciones sin abandonarlas bajo ningún pretexto”

SEGUNDA PARTE

Boquerón, era una isla de monte rodeada de pajonales, en la que se había abierto una plazoleta que contenía galpones de adobe, construidos por las fuerzas bolivianas que ocuparon ese espacio en el año 1928, cuatro chozas de espartillo, un pozo de agua y un tajamar para abrevadero de animales.  Estaba elegida para servir de escenario a una de las gestas más heroica de la historia de Bolivia.

En esta edición, presentamos la segunda parte del Diario de Campaña escrito por el My. Alberto Taborga Terrazas, narración del cerco y ataque del ejército paraguayo que se inició el 9 al 29 de septiembre de 1932. Veintiún días de heroica resistencia de 448 soldados y oficiales bolivianos que enfrentaron a 11.500 efectivos del ejército paraguayo.

Jefes y oficiales del fortín Boquerón. 1932

La tropa boliviana estaba conformada por un Teniente Coronel Comandante del Fortín, un Teniente Coronel Comandante de Batallón, un Mayor, 4 Capitanes, 7 Tenientes, 14 Subtenientes, 2 médicos, un sanitario, un chofer,  320 soldados del Regimiento Campos, 40 soldados del Regimiento 16 de Infantería, 24 soldados del Regimiento Lanza y de Artillería armados con 350 fusiles, 13 ametralladoras pesadas, 27 ametralladoras livianas, 2 cañones Krupp con 130 granadas, un cañón Schneider con 66 granadas y 2 cañones antiaéreos con su dotación.  La orden de operaciones emitida por el Tte. Cnel. Manuel Marzana Comandante del Fortín, a la hora del inicio de la ofensiva paraguaya y defensa de la patria decía: “El Destacamento tiene la misión de defender sus posiciones sin abandonarlas bajo ningún pretexto”; en cumplimiento de la orden del Presidente Salamanca: “Boquerón debe resistir hasta que muera el último hombre”.

Los ataques paraguayos en oleadas sobre el fortín agotaron la defensa boliviana. Los víveres se terminaron, el único pozo de agua accesible era atacado por un nido de ametralladoras paraguayo.  Acercarse era muerte segura, un par de cadáveres de soldados bolivianos flotaba en el pozo. Los pertrechos que lanzaba la aviación boliviana caían casi siempre fuera de las trincheras. La aviación boliviana tuvo un destacado papel en toda la guerra. Fue siempre superior a la paraguaya, contaba con un equipo moderno de aviones Curtiss que dominaron el              espacio aéreo del Chico. Los soldados bolivianos eran casi espectros, pero no se rendían. El Alto Mando militar boliviano pedía lo imposible, resistir quince días más hasta la llegada de refuerzos. No había fuerzas ni para enterrar a los compañeros caídos. El 19 de septiembre no había balas sino para un combate de diez minutos. Los soldados desesperados empezaron a beber sus propios orines.

SEPTIEMBRE 15 DE 1932

Soldados del sector vecino encuentran al Tenien¬te paraguayo Femando Velásquez, que se debate entre estertores de muerte. Un proyectil se le ha incrustado en la cabeza, a la altura de la sien derecha. Está deliran¬do y tiene la herida totalmente infectada. Al enjugarle el rostro, el paraguayo nos extiende una mano. Da a entender que quiere obsequiarnos su anillo a condición de conservarle la vida. Como es natural, no aceptamos el regalo. En esto asoma Manchego y exclama: “Co¬nozco a este “pila”, es un buen hombre, me tuvo pri¬sionero en Media Luna el año 28, después del ataque a Vanguardia”. Toma su pañuelo y amarra la cabeza al herido. Velásquez repite los nombres de su esposa y de su hija. Encontramos en medio de su pecho unas foto¬grafías y una pequeña Virgen envuelta en un pedazo de tul, probablemente del que vistiera su novia el día de sus nupcias. Este hombre, de casi dos metros de estatu¬ra, nos consterna. Cada vez que podemos le visitamos en el “buraco” que le han adaptado los camilleros. El mozo se va apagando, pero su agonía se prolonga. Sus ojos azules, fijos en los rayos de luz que dejan pasar los troncos mal unidos del techo que le cobija, parecen escrutar el misterio de su destino.

Orden a la tropa en todos los puestos de combate:

“El enemigo podrá pasar después sobre nuestros cadáveres, en memoria de los soldados que cayeron como leales defensores de su bandera”.

Un avión nuestro da vueltas sobre el Fortín a es¬casa altura. Las antiaéreas paraguayas y su fusilería de primera línea abren contra él sus fuegos, semejando un clamor humano que protestara contra su intención de favorecernos. Pero parece que el piloto está dispuesto a jugarse la vida a condición de dejarnos caer algo.

Soldados del valeroso Destacamento Marzana. Fortín Boquerón. 1932.

En momentos, casi roza la copa de los árboles y esquiva milagrosamente el ametrallamiento enemigo. Por fin, después de varios intentos, lanza un gran bulto, sobre el centro mismo del Fortín, en campo despejado y duro. Gran ovación de voces roncas manifiestan al piloto su admiración a la proeza y a su noble solidaridad con nuestra situación desesperada. Varios hombres se preci¬pitan a descubrir el bulto. ¿Qué encuentran? Munición retorcida, inutilizada por el fuerte golpe que sufrió. Ni un solo cartucho conserva su forma; además, en medio de la munición, aparece achatada, casi aplanada, lo que fue una lata de alcohol … Ni los heridos, para quienes sin duda venía destinado este poderoso antiséptico, po¬drán utilizarlo ni el enemigo recibirá la dosis mortífera de proyectiles que se le pudo haber asignado . Vana hazaña del esforzado piloto, que no debe sospechar cuanto apreciamos su bravura, como malde¬cimos la desidia de quienes prepararon la inútil enco¬mienda … Como en muchos casos, en éste, lo heroico anda acompañado por la estolidez de unos cuantos…

SEPTIEMBRE 16 DE 1932

Tengo a mis órdenes un soldadito que vino a prestar su Servicio Militar desde las salitreras de Chu¬quicamata. Tiene acento marcadamente chileno, por lo que le llaman el “roto” Vargas. Pedrito Vargas nos di¬vierte y hasta a los más pusilánimes tiene la virtud de levantarles el ánimo. Sabe contar historias inverosími¬les. Posee un gracejo especial.

Reabastecimiento de una  aeronave con las que se libró la Guerra del Chaco (1932 -1935).

Va y viene repartiendo todo el botín que recoge de los paraguayos muertos. Le prohíbo terminantemente hacerlo, pues cuido su vida tanto como la mía. Pero se da mañas tanto para enga-tusarme. De cuando en cuando le atizo un puntapié, aparentando enojo, y el perdulario se ríe. Me soborna con una lata de “Quaker” que a buen seguro le sustrajo del morral a algún oficial paraguayo que quedó con la “panza arriba”, como él dice. No escasean los excéntricos, los que no cuidan el pellejo, como si lo tuvieran asegurado. El “chino Torrico” es otro soldadito que esta madrugada se presentó con un mulo blanco, sin duda extraviado de alguna batería ene¬miga…. Se arriesgó para cogerlo y se lo trajo de tiro… Verlo en nuestra línea y apresurarse a carnearlo fue cosa de minutos. Debo extremar mi camaradería, para compar¬tir con los soldados un seco churrasco, sin grano de sal. El Comandante del Fortín ha hecho llegar a to¬dos los sectores la presente orden: 16 – IX – 32 – Hs. 16.45. Para su lectura a la tropa en todos los Puestos de Combate.

“Jefes, oficiales y soldados de Boquerón: El dedo de la fortuna nos ha señalado el insigne honor de representar en esta Batalla al pueblo de Bolivia, a sus instituciones y a la salvaguardia de su honra nacional. No debemos discriminar sobre las desventajosas con¬diciones en que luchamos. Nuestro deber es llegar al convencimiento de que el enemigo podrá pasar después sobre nuestros cadáveres, con el respeto que infunde la memoria de los soldados que supieron caer como leales defensores de su bandera”. “No tengo motivos para recomendar a mis ofi¬ciales y soldados, el cumplimiento de sus obligaciones en sus puestos de combate, porque han dado pruebas de no precisarlo; pero debo anotarles la gravedad que entrañaría el gasto insulso de munición.

Cada tirador debe vigilar su propio empleo de fuego, ya que no te¬nemos esperanzas de ser reaprovisionados. El arma blanca será nuestro único y último recurso cuando se agote la dotación insignificante que aún nos queda; hay que aniquilar hombre por hombre al atacante. Las ame¬tralladoras y la fusilería deben apuntar exactamente al cuerpo del adversario.

Preparando la defensa en la trinchera. A la izquierda la línea de comunicación con el puesto de Comando. Boquerón 1932

Cualquier descuido puede ocasionar la sor¬presa, que dé lugar al enemigo para romper nuestro encuadramiento de defensa. Cualquier punto que sea fracturado de él, significará el derrumbe de nuestras as¬piraciones y de la expectativa que en nosotros cifran todos los bolivianos, cuya integridad y suerte para el futuro, nos han confiado”. “Hasta este momento, le tenemos paralizado en su avance al enemigo, impotente ante nuestra decisión de servir a la Patria; pero también debemos vencer al sueño, a la fatiga y a todas las privaciones que las circunstancias obligan. Un día podremos lucir con orgullo el galardón que nosotros mismos nos hemos impuesto en este memorable campo del Honor, paradigma que recordarán nuestros sucesores. Soldados de Boquerón: obedeced rigurosamen¬te las órdenes de vuestros denodados oficiales, cuidad de sus vidas como algo necesario a vosotros mismos; y si caen, reemplazadles en el puesto del sacrificio. Jefes, oficiales y soldados de Boquerón: “¡SUBORDINACIÓN Y CONSTANCIA!”. Leída la anterior orden a mis soldados, éstos se ponen de pie, y tocados en lo más íntimo de su ser, por el efluvio de su probado patriotismo, y pese al agotamiento físico, llenan el aíre con un furente: ¡VIVA BOLIVIA!

SEPTIEMBRE 17 DE 1932

Las once de la mañana. Un camillero pasa co-rriendo por mi zanja, grita: “¡A mi Capitán Manchego le han metido un tiro en la cabeza!”  Corro al Puesto de Sanidad. Manchego, el cora-judo Manchego, se debate en convulsiones. No puede hablar.. Hace crujir los dientes… Quiere arrancarse las vendas… Patea, lucha desesperadamente con la muerte.

Soldados y oficiales, recibiendo las órdenes del Tcnel. Marzana para la defensa del fortín. 1932

Vuelvo preocupado a mi puesto. Se van acabando los oficiales. Cayeron Juan de Dios Guzmán y Alfredo Vargas. Yacen heridos: Banegas, Caro, Dávila, Peñaloza, López Sánchez, Miranda, Daza y Aguirre. Este día es el más trágico. Los augurios son nada alentadores. El. Capitán Ustárez ha sido abatido al practicar un reconocimiento sobre la picada a Yujra. Su estafeta el cabo Cadencia, con la pierna rota, vuelve al Fortín. Cuenta que Ustárez le obligó a sostener la liviana sobre el hombro mientras el legendario Capitán disparaba… El fantasma del Chaco, el soldado bohe¬mio, el “charata” Ustárez, pagó su tributo. Voy perdiendo la fe. Si Ustárez ha muerto, ¿por qué habré yo de librarme? Un hombre tan dueño de sí, parece imposible no hubiera podido hurtarse a la fata¬lidad. Mando a mi estafeta a preguntar por el estado de Manchego. Vuelve y no necesito interrogarle… Man¬chego, el bravo Manchego, ¡también ha muerto!. Leños en forma de cruz, marcan las tumbas de dos hombres que un día se conocieron en un incidente casual y, otro, se volvieron a encontrar en las encru¬cijadas de la vida, para bajar juntos a la misma hora, defendiendo dos banderas distintas, pero a cual más heroicas. Ellos son: el Capitán Tomás F. Manchego y el Teniente Fernando Velásquez, de los Ejércitos bolivia¬no y paraguayo, respectivamente.

SEPTIEMBRE 18 DE 1932

En mi sector, soy subalterno del Capitán An¬tonio Salmas Crespo. Es un oficial con excepcionales atributos profesionales y de cabal concepto sobre las cuestiones atingentes a la cultura superior en función del acontecer nacional. Certero en sus apreciaciones enfocamientos porveniristas. Profundamente leal con¬sigo mismo, como con los demás. No es un mandón cuartelero ufano de superioridad jerárquica fundada únicamente en el grado que ostenta. Es todo bondad, pero impone el don de mando a través de una serena dignidad.

 

Soldado bolivianos herido esperando auxilio de la sanidad, Boquerón. 1932.

No le inmutan los contrastes en la acción, porque deduce con lógica irrefutable las causas moto¬ras. Es un valiente a cuya sombra siempre uno quisiera protegerse. Ensayo una irreverente oposición frente a sus desconcertantes razonamientos, pero debo subor¬dinar de inmediato mi juvenil inexperiencia ante sus pronósticos que saben a sentenciosas profecías. Cam¬biando ideas, musitamos a la luz de la luna y bajo el isócrono tac …pum tac…pum, de los centinelas adelan¬tados, estos descarnados pero fundamentales enjuicia¬mientos:

“Salamanca es el arquetipo del paranoico supe¬rior. Impotente para sancionar a su pueblo que comien-za a dudar de su capacidad de conductor, lo lleva a la guerra para que el adversario y los elementos naturales de este infierno le castiguen; y no hay ser más peli¬groso para la vida y el porvenir de los pueblos, que el paranoico, hecho gobernante. Envanecido por la piro¬tecnia de su verba fácil sin contenido interpretativo de la realidad nacional y si sólo con el barniz curialesco de letrado sabelotodo en el medio que actúa, no admite intervenciones o consejos, aunque vinieran de especia-listas en las ramas que él desconoce.

“Ególatra, no soporta la contravención a sus per¬sonalísimas decisiones, tomadas sin inquirir la realidad nacional. Como Arguedas, el feroz racista, observa olímpico desdén por cualquier ejemplar de su raza, a la que juzga tan inferior, que escribe la Historia Patria a su modo, con tinta enlodada, a base de diatriba y acu¬mulación de taras, presentando las desgracias de Boli¬via como causas de nuestro atraso, sin comprender que ellas no son sino efecto de la injusticia en la organización económico social del país. Y van más allá, cuando, como en esta oportunidad, uno de ellos, Salamanca, se atreve a disponer de nuestras vidas, para alimentar el fuego sagrado de su vanidad e interés político, en el crisol de esta guerra despatarrada, muestra de sus pa¬siones obcecadas”.

“Para estos turbulentos “Redentores”, sólo una sangría podrá cambiar la idiosincrasia y hasta el suero mismo de nuestra raza, según ellos “enferma” y dege¬nerada… Europeizados, estos mestizos de sangre ané¬mica, ven todo bajo la lente de su híbrida psiquis. La única misión que se han impuesto en la vida es la de ser implacables censores y críticos; pero, cuando el destino les pone en los puestos de responsabilidad, después de una testaruda inhibición, fracasan estruendosamente”.

Salamanca pasará a la Historia aureolado por una fama de erudición de abogado casuísta y de sofis¬mas que se distinguen por el oportunismo demagógico; pero no se salvará de la acusación nuestra y de nuestros hijos, a quienes sume criminalmente en la postración. En la conducción de la guerra se diría que es un Daza redivivo. Al final de cuentas, él tendrá la habilidad ne¬cesaria para atribuir a otros el fracaso de esta guerra aceptada por él mismo.

Transporte de tropas paraguayas desde Puerto Casado para la toma de Boquerón. 1932

De sus éxitos parciales se ufa¬nará, como se ufanó siempre de los yerros de sus ad¬versarios políticos. Tiene en sus manos el poder estruc¬turado en moldes sociales conservadores cuenta con la frivolidad de un pueblo que ignora o ha olvidado los peligros de las aventuras bélicas; algo más, descuenta la fragilidad de la memoria del pueblo boliviano, acos¬tumbrado a perdonar a sus verdugos… Sus áulicos le seguirán endiosando, porque representa el cerebro y médula de un mecanismo político arcaico, enmohecido y adosado a prácticas anquilosadas.

“Esta guerra cuya duración no puede preverse por el devenir de las operaciones militares, por el azar y, principalmente, por los factores geográficos, nos llevará a la ruina, porque enajenará nuestra incipien¬te economía. Un país depauperado, como el nuestro, jamás debe confiar su destino a las martingalas de la casualidad. Pero éstas no son razones que le impidan frenar el ímpetu senil de sus agrias ambiciones…Él, como Arguedas, para que la crónica bolivia¬na les catalogue entre sus “superhombres”, explicará que la guerra, se perdió, porque sencillamente falló el elemento humano, el factor racial, el soldado indíge¬na…Son hombres totalmente enfermos, en cuyas ma¬nos está puesto el futuro de un pueblo dócil y empo¬brecido.  Somos cobayos de un experimento más. En  su escabrosa ciencia hace radicar la curación de todos nuestros males.

Por eso estamos aquí, en el laborato¬rio de sus insanos propósitos. Estamos condenados a sucumbir todos en esta trampa ardiente, porque a Sala¬manca se le da un ardite que quede uno con vida para que narre a la posteridad, cómo se cumplió en Boque¬rón, su insensato capricho”.

Tropa paraguaya recibiendo órdenes para marchar sobre Boquerón. 1932

El tac…pum…tac…pum de las livianas ene¬migas, nos llama a nuestros puestos de combate, para que se cumpla la inexorable sentencia: “HASTA QUE MUERA EL ÚLTIMO HOMBRE”. Un prisionero nos informa que ha entrado en acción la II División Paraguaya al mando del Coronel Gaudioso Núñez. Los ataques se suceden ahora tres veces al día. Nuestros efectivos van disminuyendo. El Cuartel Maestre de Boquerón, Mayor Esteban Bravo, hace saber que sólo hay raciones “secas” para tres días. Los dos últimos mulos han sido carneados.

SEPTIEMBRE 19 DE 1932

El Coronel Cuenca, Comandante de Batallón, me imparte la orden de constatar la “fuerza y compo-sición” del enemigo que se encuentra frente a nuestras zanjas. Seleccionó diez soldados incluyendo al cabo Chipanari. Al arrastre logramos ganar el campo des¬pejado. Avanzamos en línea de tiradores. Progresamos quinientos metros. Estamos a punto de tomar contacto con el enemigo que se halla emboscado en la orilla del monte próximo. No obstaculiza a nuestro avance. Su intención, se advierte, es tomarnos prisioneros… Oigo sus voces… Resuelvo la retirada y hago la señal con¬venida. Mis hombres retroceden, mediante saltos esca¬lonados, a retaguardia. El enemigo burlado, nos persi-gue. Intenta obstaculizar nuestro repliegue con fuego de morteros. Caen Chipanari y Alanoca… Siento, al correr, un golpe seco que me hace perder todo impul¬so. Con el corazón en la boca logro llegar a nuestros parapetos. Mis soldados me recogen para conducirme al Puesto de Socorro. No me es posible dar a mi jefe in¬formación alguna, puesto que su orden, en principio la consideré absurda. Bien sabía él qué clase de enemigo teníamos al frente. . . ¿Cuál su propósito, al encomen¬darme tan inútil como peligrosa misión? ¿Menosprecio por la vida de un oficial? ¿Efectos de la “neurosis de trinchera”. . .?

El cirujano doctor Alberto Torrico Ovando me comprueba varias lesiones. Un morterazo me había re-volcado por el suelo como a un muñeco. Me dan sitio junto a un turril de permanganato. Varios heridos, tie¬nen sumergidos, por riguroso turno, brazos y piernas en el común desinfectante. Vendas no las hay; se utilizan tiras de camisa. Alcohol. . . ni para mojar la garganta, ni para cauterizar las heridas del alma. . . Mis soldados continúan indominables al mando de mi reemplazante, el subteniente Humberto López Sánchez, ayudante de órdenes del Comandante del Fortín.

PUESTO DE COMBATE DEL COMANDANTE DEL FORTÍN

Atendiendo a la gravedad de mi estado, tengo totalmente estropeado el oído a consecuencia de la ex¬plosión de una granada, el Comandante del Fortín, con afectuosa solicitud, me ha ordenado permanecer en su Puesto de Comando, de tal manera que puedo ayudarle discretamente y como mis fuerzas lo permiten, en la atención de sus múltiples obligaciones.

 

Puesto de comando del Fortín. Boquerón. 1932

Pero me hallo sometido a un suplicio más: debo acompañarlo en sus continuos recorridos al Sector Romero, al Puesto Par¬do, o donde hay mayor actividad enemiga; y al hacerlo, no percibo la detonación de los proyectiles pesados al salir de sus bocas de fuego, a causa de mi mal, menos puedo seguir el zumbido de su aproximación que más o menos indica el punto de arribada, señales a las que se atienen los demás combatientes y en lo que son ya muy prácticos. Al estallido de los “shrapnels” que semejan gra¬nizadas de balines, quedo desprevenido o indefenso; de ahí que estoy obligado a imitar como autómata, los movimientos que ejecuta mi jefe para evitar la sorpresa de nuevas explosiones. El Coronel Marzana, compa¬decido de mi angustiosa sordera, me propina fuertes empellones para obligarme a tenderme en tierra. Hay momentos en que resultan pegados nuestros cuerpos debajo de los quebrachos abatidos por la furia demo¬ledora de los 105. Es curioso observar cómo el cuerpo humano, en¬deble y frágil como es, puede soportar tan rudas pruebas.

Y a propósito, me cuenta mi jefe, hasta con se¬ñas, puesto que no alcanzo a oírle bien, que después del primer bombardeo, informó al Comando Divisionario, sobre el efecto de los morteros y la artillería calibre 105 sobre Boquerón. Le respondieron: “No teman a los morteros, porque sólo hacen bulla. . . En cuanto a los 105, sólo existen en la imaginación de ustedes porque si los bolivianos no contamos con ellos, menos los han de conocer los “pilas”.

Nido de ametralladora. Boquerón. 1932

No puedo contener una estruendosa carcajada delante de mi jefe, y aclaro: “Quiere decir, pues, mi Coronel, que nuestro “Servicio Secreto de Informacio¬nes” sólo está interiorizado de nuestros chismes do¬mésticos, pero no de los elementos de guerra con que cuenta el enemigo para masacrarnos. . . Luego, ahora, nuestro Gobierno y el Alto Comando, navegan en la sosegada atmósfera del más sincero pacifismo. Según ellos, los “pilas” nos están hostigando con serpentinas y bombas de papel mascado”.

SEPTIEMBRE 20 DE 1932

Vuelan aviones propios dejando caer bultos que, suponemos, nos traen víveres y municiones. Acosados sus pilotos por el intenso fuego enemigo, dejan caer los bultos lejos de nuestras posiciones, en campo de nadie. El adversario se apodera de ellos y vemos cómo con grandes muestras de regocijo, los abren y se aprove¬chan de su contenido. Cavilando, voy planteándome tesis que a veces parecen oler a elucubraciones rumiadas sólo por el ma¬gín de un sombrío derrotista. No alcanzo a entender por qué un testarudo que pomposamente exhibe el título de Capitán General del Ejército y que de Arte Militar no sabe una jota, impunemente dirige una contienda no preparada y menos planeada al ritmo de la guerra mo¬derna. Como tampoco entiendo por qué, los Generales de la Nación, corderilmente arrebañados al conjuro de la verborrea del falso apóstol, no reaccionan, y salien¬do por los fueros del Honor Militar, no rechazan deci¬didamente las sugestiones del megalómano que distrae sus horas, comprometiendo la soberanía, la integridad y el futuro de la Patria Boliviana.

¿Es que no poseen un adarme de valor civil para descerrajarse un tiro en la cabeza antes de someterse complacientemente a di¬rectivas tozudas y esotéricas?. ¿A qué fin práctico podrá conducir el desarrollo de un “plan teórico de operacio¬nes” ideado por un fetiche político, cuya doctrina de guerra se reduce al cobro de “represalias” patrocina¬das como pleito de orden personal, desde la tenebrosa cueva del Palacio Quemado?. Este predicador de tierra adentro no concibe que la posesión y retención de po¬siciones adelantadas en el Chaco, dependa de la estruc¬turación general del país, en servicio de la defensa de sus aledaños. A esos generales de la Nación aún sería tiempo de plantearles la categórica disyuntiva: “SER O NO SER”. Los “pilas” van acerándose cada vez más mediante un sistema de zanjas peculiar que ha ido cavan¬do durante las noches. Están sólo a doscientos metros. Ahora se les oye hablar en guaraní.

SEPTIEMBRE 21 DE 1932

El enemigo ha suspendido sus ataques. Releva sus tropas, ya agotadas. Sus camiones aguateros se acercan desaprensivamente hasta ponerse a nuestra vis¬ta. Los paraguayos se han dado cuenta que economiza¬mos munición. Abrimos fuego contra dichos camiones y perforamos algunos de sus tanques. Uno de esos ve¬hículos lleva pintado el número 54. Se colige que están bien equipados y mejor servicios. Como debe estarlo un Ejército en Campaña.

Trincheras y casamatas del fortín Boquerón. 1932

Surge un nuevo problema para los Comandantes de Pieza. Por el calor sofocante y el empleo continuo, las ametralladoras se ponen incandescentes y se niegan a funcionar. Falta agua para refrigerar los cañones de re¬puesto. Los sirvientes de pieza deben aproximarse hasta el pozo controlado por el enemigo, que lo espera bala en boca. La poca cantidad de agua de que disponen no la pueden beber, pues les está estrictamente prohibido. Deben ceder para el enfriamiento de las automáticas, las gotas con que podrían humedecer las gargantas tortura¬das por la fiebre. En algunos sectores se obliga a los sol¬dados a juntar orines para dicho enfriamiento.

Asombroso dilema. ¿Quién debe tener preferen¬cia en estos trances: el duro e inerte acero de las auto-máticas, o las gargantas humanas?. Un avión ha dejado caer un mensaje más. Es otra proclama del General Quintanilla, tan fantástica como todas las suyas: “Ya vuestros corazones latirán bajo la condecoración que os otorga el Supremo Gobierno. . . Nuestros pilotos, cuyas proezas habéis observado, se esforzarán a diario para lanzaros víveres que aseguren vuestro sustento”. Ridícula hojarasca. Petulancia lírica que los hi¬jos del pueblo boliviano escuchan siempre en los mo¬mentos más trágicos y solemnes de su vida. Teatrali¬dad grotesca de todos los tiempos. Pero Boquerón cumple la misión táctica y estra¬tégica que sus defensores se han impuesto: contener el ímpetu de agresión masiva del enemigo, anulando su iniciativa de ataque, inmovilizándolo. Es menester quebrantar su moral convirtiéndola en fuerza ofensiva amedrentada. Urge convencerle al pueblo paraguayo que creyó retomar Boquerón con el primer golpe, que no podrá cumplir tan fácilmente su afán de desquite, porque aquí está el soldado boliviano, como jaguar en la selva, dispuesto a no ceder un palmo de nuestro pa¬trimonio al invasor.

De los 15.000 hombres que el Paraguay puso so¬bre las armas en el espacio de tres meses, sobrepasando su inicial alcance de movilización integral, van quedan¬do frente a nuestras trincheras, 7.000 combatientes que no podrán levantarse más. Sus escogidas fuerzas de cho¬que, las más de ellas pertenecientes a los cuadros de regi-mientos de paz, se han reducido a la mitad.

Soldados bolivianos recogiendo a los compañeros caídos en combate. Boquerón. 1932

Nosotros sólo representamos un puñado, insignificante en número del Ejército que podría movilizar Bolivia. Bien haya nuestro mortal sacrificio, si hemos de seguir desangrando a este pertinaz enemigo que no sabe economizar el potencial humano. Si los “pilas” progresan en profundidad hacia nuestro territorio, obligados por el compromiso moral adquirido, tendrán que hacerlo maltrechos, para ser defi¬nitivamente pulverizados frente al Fortín Arce, que será su tumba, si los Hados de la Guerra lo permiten.

Fuentes:     

  • Diario de Campaña de la Guerra del Chaco. My. Alberto Taborga Terrazas.
  • Combatiente del Destacamento Militar que defendió el Fortín Boquerón.
  • Editorial Kanata. La Paz. 1956.
  • Fotos: Historia Fotográfica. Guerra del Chaco. 1932-1936.
  • Archivo Histórico de la Casa de La Libertad y Fundación Cultural
  • Banco Central de Bolivia 1997.La Paz. Bolivia
  • Archivo Histórico Fotográfico Militar del Ejército de Bolivia.