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La estoica defensa del territorio patrio sin refuerzos, municiones, alimento, agua y auxilio medico






1 octubre, 2017

A las quince horas, se reinicia el ataque. La pre­paración de artillería ha durado dos horas y media. En­tra en pleno la I División Paraguaya, comandada por el Mayor Carlos G. Fernández. Está integrada por los Regimientos “Mongelós”, “Corrales”, “Curupaytí” y “Coronel Toledo”. Atacan por oladas. Parecen estar de­cididos a la acción final. Se oye: “¡Calar yata ganes!”. Nuestros tiradores no se dan tregua. Matan hom­bre por hombre.

 

Los paraguayos casi no atinan con el blanco. Son tropas bisoñas. Sus proyectiles pasan muy alto. Carnicería feroz aniquila sus filas. Al ímpetu de los primeros, sigue una prudente y cautelosa actitud. No pueden protegerse en el campo despejado. Nuestros soldados, ahora, encaramados en las ramas de los árboles, no desperdician un solo cartu­cho. Obscurece… Gritos extraños para nosotros se des­perdigan en el ámbito de una obscuridad sembrada de dudas. Los camilleros paraguayos llaman por sus nom­bres a sus heridos ¡Jaraaá!….¡Frutos. ! ¡Irála…¡Algunos responden. Otros, jamás se levantarán. Cerrada la noche, entra al Fortín, como refuerzo, una Compañía del “14 de Infantería”, comandada por el Capitán Tomás F. Manchego.

SEPTIEMBRE 10 DE 1932

Toda la noche a hostigado la artillería enemiga. Apenas clarea, se reinicia la batalla. Es alarmante nues­tro gasto de munición. La única pieza de artillería 7,5 con que contábamos ha sido batida. Seis de sus sirvien­tes han volado junto a ella. Su Comandante, el Teniente Jorge Calero, se ha salvado milagrosamente. Al atardecer retornan las patrullas de contacto que fueron destacadas hacia las sendas de Lara y Casti­llo. El cabo Sústach informa que cerca de Yujra se com­prometieron en un cuerpo a cuerpo con fracciones ene­migas; que el sargento Alberto Cuadros, de Oruro, fue capturado prisionero por unos minutos, que al ser liber­tado de viva fuerza por sus compañeros, le encontraron andando a tientas, pues le habían vaciado los ojos…Tu­vieron que rematarlo. Sústach da el Parte sollozando…Él tiene el cuero cabelludo desgarrado. Un proyectil le alcanzó en la escarapela de la gorra.

Indefendible postura la de los combatientes de Boquerón. Como está cerrada la tenaza de acero para­guaya sobre el pequeño círculo de nuestras trincheras, ocurre que el fuego enemigo dirigido contra cualquier sector, al pasar alto en su trayectoria, hiere fácilmente la espalda de los defensores que guarnecen el frente contrario. No sabemos pues si protegernos del fuego frontal o del que viene de atrás… Intrincado tema tácti­co que ningún sabihondo escribidor de rígidos manua­les y reglamentos podría descifrar…

 

SEPTIEMBRE 11 DE 1932

Apenas clarea, truenan artillería y morteros. El enorme efectivo del enemigo le permite rebasar y cerrar el contorno de nuestras posiciones, que no tienen sino un perímetro de mil doscientos metros. Los “pilas” han cortado los hilos telefónicos que nos comunicaban con Yujra. Organizan ataque tras ataque. Sin embargo, los Regimientos “General Aquino”, el “Lomas Valentinas” y el “2 de Mayo” no han podido reconquistar Boquerón. Horas 6. Vuela un avión nuestro sobre el For­tín. Deja caer un mensaje lastrado. Es una proclama del General Quintanilla. Junto a ella hay una orden: II-XX32 hs. 15.30… “El enemigo se encuentra en mal pie. El Destacamento Peñaranda atacará al enemigo que sitia Boquerón. Esta noche enviaré víveres y municiones. El Presidente de la República, el Comandante del Cuer­po de Ejército y el de División, felicitan por segunda vez a los heroicos defensores del “Verdún” boliviano. Sosténganse diez días más, que el Primer Cuerpo de Ejército romperá el sitio de Boquerón. (Fdo.) General Quintanilla”. “Esta noche enviaré municiones y víveres”… ¿Lo hará mediante los arcángeles del cielo? «Sosténganse diez días más”… ¿Tendrá planeado algún golpe estratégico para aprovechar esos diez días? El enemigo se encuentra en mal pie”… ¿Y mi General Quintanilla, en qué pie se encuentra?

 SEPTIEMBRE 12 DE 1932

Los morteros nos enloquecen. Su sonoridad al explotar es desmoralizadora. No conocíamos esa arma mortífera…Un prisionero herido nos informa que a la entrada del Campo de Boquerón, por Yujra, ha sido ma­sacrado un Batallón del “14 de Infantería” que venía en refuerzo nuestro. Su Comandante el Mayor Lairana, ha caído prisionero. (Este desgraciado suceso nos fue favorable a los sitiados. Interrogado Lairana sobre el número de tropas existentes en Boquerón, respondió: “4.000 hom­bres”… Estigarribia engañado por el dato, resolvió emplear todo su poder ofensivo sobre Boquerón. 4.000 hombres, cercados, en cualquier momento podrían contraatacarle y desbaratar su retaguardia. . .

 De esta manera quedó estacionado su avance en profundidad y no se animó a progresar sobre el Fortín Arce, con lo que habría arrollado a las insignificantes fracciones escalonadas en ese sector, a paso de vencedores, has­ta las petroleras de Sanandita y Camiri. Comprendida por nosotros la situación, nos decidimos a “aferrar” al grueso paraguayo. Los estrategas de nuestro Alto Comando no se dieron por entendidos ni de nuestra intención ni de nuestro sacrificio, que a la larga debían devenir estériles. La verdad fue, que en Boquerón, sólo había 619 defensores).

 “Pechando monte” nos ha sorprendido grata­mente el ingreso al Fortín, del Capitán Víctor Ustárez, con 40 hombres del Regimiento “Loa” 4 de Infantería. Su refuerzo es celebrado con alborozo. Le conocemos: es un baquiano temerario. Tiene en sí mismo una con­fianza que sorprende. Su intuición táctica nunca le fa­lla. Ustárez es poeta y músico. Diserta sobre literatura y compone versos. Ejecuta el violín como un exquisito virtuoso. Domina varios dialectos de las tribus chaque­ñas. Los “pilas” le temen porque saben de su larga ex­periencia en el monte.

Le llaman el “charata” Ustárez. Sabemos que el “6 de Caballería” ha sido desba­ratado al intentar romper el cerco. Su refuerzo no ha­bría sido decisivo. Sólo fracciones minúsculas de esa unidad han conseguido infiltrarse en Boquerón. Los combates se suceden en forma intermiten­te. Observo que mis soldados piensan y proceden como uno solo. Entre ellos los hay de toda la República. Junto a Limachi y Sullcamaita del Altiplano, pelean Matarima y Chipanari de Chiquitos. No están ausentes los Quiroga e Iriarte de Cochabamba o el cruceño Aguilera de Porta­chuelo.

 

Va despertando en mí un nuevo sentimiento de íntimo nacionalismo. Veo defendiendo el honor de la ban­dera nacional a hijos de todas las comarcas bolivianas. Los soldados Escóbar, totoreño, y Ayaviri de Pa­cajes, son instintivamente sanguinarios; practican sere­namente la “caza del hombre” y sienten la fruición del que elimina al enemigo racial. El segundo, a no dudar, desciende de aquel famoso Cacique Macurí que sacia­ba su sed bebiendo la sangre de sus víctimas en un crá­neo humano. Escóbar fija una rayita en un tronco cada vez que voltea a un “pila”. ¿Los indios son cobardes? No saben a conciencia qué es Patria, pero se empeñan en fiera lucha con quienes intuyen son adversarios suyos o, más propiamente, de los oficiales que les coman­dan. Sumisos, sobrios, estoicos. ¡Cómo combatirían si tuvieran terruño propio que defender u hogar fijo que recordar!

El indio, siervo secular del feudo gamonalismo criollo, fue despojado de sus “ayllus” y “comunidades” mediante engaños o a la fuerza. Desde entonces deam­bula por valles, trópicos y cordilleras, en procura de magros rendimientos, sin que jamás pueda conseguir la ventura de saberse dueño de nada, ni siquiera de su nómada libertad.

 

Acude al cuartel, tal vez porque en el mismo busca refugio espiritual o porque cree que así quedará incorporado a la civilización. Es el único que, entre nosotros, cumple lealmente con la Ley del Servi­cio Militar Obligatorio. Está a mi lado, atenta la vista al enemigo. De vez en vez otea el horizonte con retina de águila. Se pre­guntará ¿qué defiendo? ¿Juzgará que está en peligro la hacienda del amo? Se dirá, ¿por qué, sólo yo, ofrendo mi vida para defender a los de atrás? Se dirá, ¿dónde están los patrones, los “karas”? ¡Hermano Indio, Indio macho, si sobrevivo, diré quién fuiste en la trinchera.

Boquerón está guarnecido por el Regimiento “Campos” 6 de Infantería, por fracciones de los Regi­mientos “14” y “16”, más una sección del Regimiento “Lanza” 5 de Caballería. Por Regimiento se conoce en este frente de operaciones, a la unidad constituida por tres compañías de fusileros de 100 hombres cada una y una sección de ametralladoras pesadas; sin artillería de acompañamiento. Con los refuerzos que pudieron ingresar al For­tín después de iniciado el ataque paraguayo, el total de nuestro efectivo alcanza a 619 combatientes.

 

El “Campos” 6 de Infantería, al cual me honro en pertenecer, fue y es, la unidad meritoria con cuyos esfuerzos se logró la apertura de caminos y sendas de contacto hacia la línea de fortines paraguayos, peligro­sa misión que los soldados del “Campos” cumplieron bajo la acechanza de emboscadas y golpes de mano del adversario, desbrozando la maraña con el machete en una mano y el fusil en la otra.

Mi Regimiento es una institución con caracterís­ticas definidas por el pensamiento y la acción de quie­nes formamos en sus filas. Al conjuro de su venerado nombre, que evoca al pionero de las expediciones cha­queñas, don Daniel Campos, sentimos la necesidad de emularlo, cumpliendo concienzudamente las misiones que nos encomendara el Comando Divisionario, desde un año antes de iniciada esta campaña. Mis soldados están inculcados de singular obs­tinación patriótica. El haberlos instruido desde el pri­mer día de su conscripción militar, asegura la firmeza de sus convicciones cívicas y lealtad hacia la autori­dad que invisto; pues les convencí en el cumplimiento de sus obligaciones para con la sociedad a la que se deben; les enseñé el manejo teórico y práctico de las armas que usan; inicié su elemental conocimiento de las primeras letras, y hasta les di lecciones de baile moderno recordando mis días de cadete gentil y ro­mántico. Me sé por ello identificado con sus íntimos sentimientos. Cuando la quietud remienda el alborotado estré­pito de la tronadera de fuego, y como respuesta a los gangosos alaridos: “ ¡jípuií…nápuií… bolis…¡” de los “pilas”, mis soldados alcanzan enormes dimensiones espirituales, para romper el aire con el optimismo de sus viriles ¡raás …! Por el glorioso “Campos” 6.

Estos guerreros imberbes, pero veteranos, curti­dos en el crisol de las pruebas terminantes, podrán un día ser los elegidos de la gloria, aureolados por el reco­nocimiento de sus conciudadanos, o tendrán que ocul­tar la huella de sus imborrables cicatrices, ante las con­signas de las conveniencias políticas, recursos manidos de los sempiternos usufructuarios de glorias ajenas.

Me siento atraído por estas verdes llanuras del Chaco Boreal, si bien inhóspitas, pero que guardan en si el espejismo de remoto tabú. Al descorrer las tupidas cortinas de su floresta, impregnada de aromas sutiles en los que se mezclan: el quebracho o palo santo, el urun­del, el algarrobo, el palo borracho o toborochi, el motacú y su fiel amante el bibosí, la chanta y una gama inagota­ble de efluvios de helechos y trepadoras formando cade­na infinita, creo avanzar a lo desconocido, colmando mis aventureras ansias de explorador en ciernes. Recorriendo sus erizados piques, fácil me es soñar victorias fulminantes a cual más audaces, sobre estos “pilas”, escurridizos y astutos, cual jaguares ven­teando su presa. Me hallo, en el Chaco, como pez en el agua.

Pero no olvido que debo retornar un día a mi añorada cuna, la ciudad del Illimani, con el pecho constelado de re­fulgentes medallas y con brazo o pierna menos, como volviera de Marruecos, aquel legendario Millán Astray de los Tercios Españoles… ¡Vanidad de vanidades…! Mientras tanto los guaraníes dan rienda suelta a sus instintos belicosos. Bárbaros, feroces, desaprensi­vamente temerarios, se burlan de nuestro silencio, invi­tándonos a contestar sus procacidades. Sus carcajadas son estentóreas, como las de sus ametralladoras.

 SEPTIEMBRE 13 DE 1932

Por primera vez me absorbe la contemplación del planeta Venus. Tan fulgurante en estos pajonales, parajes de desesperanza y de duda. Nunca lo vi tan cer­ca… ¿Me anunciará algún cambio en mi vida? ¿Sobre­viviré a esta tragedia? ¿Moriré? Pero, ¿por qué? ¿De­fiendo a mi Patria, o a los impostores de la retaguardia que hablan a su nombre? ¿A los países “neutrales” o a Wall Street, les conviene más que gane Bolivia o el Paraguay?. Entre el “camba” Barberí, trinitario, y el “koto” Galarza, de Padcaya, se tienen declarado duelo de agresivas pullas dichas con agudo ingenio, que a veces quieren degenerar en peligrosos pugilatos. Galarza le deja oír a Barberí : “Dizque, Dios, a los cambas, les concedió la gracia de nacer desdenta­dos, para que pudieran tragar el rancho siempre con aumento, rápido y sin mascar…..”

El retruque surge instantáneo: “Belay, koto, aco­paibao, ¿no sabísbhoo que Dios es tarijeño?” Por qué?se deja sorprender Galarza. «Porque toda la vida está phoo Dios sentao de puro flojo, ídem que sus cumpas del Guadalquivir, phoo”. Complejas emociones psicopáticas abruman al combatiente atrincherado, antes, en y después del ins­tante culminante, que alcanza su clímax en el téte atéte del duelo furioso con el adversario que asalta. En los prolegómenos invade a la mente, im­paciente angustia; y al cuerpo, irreprimible temblor; como los que debe sentir el condenado a muerte. Se ve llegar el minuto supremo, como quien espera sentencia divina, por lo mismo misteriosamente arcana. ¿Se per­vivirá, o se pasará a la nada? En este avatar se hacen presentes los más gratos recuerdos de la existencia pa­sada. De los tristes, no se hace memoria…

Cuando ha sonado el campanazo de la hora cru­cial, se echan por la borda los sentimentalismos contemplativos de la vida. Y no es precisamente ya la defensa del propio ser lo que importa. Es el afán sin cuartel de voltear cuerpos de individuos que palpitan quizás al impulso de las mismas obsesiones, tal como cuando se siegan las mieses del campo, en el menor tiempo posible, bajo el ardiente sol del estío … Ni ira, ni odio, ni cálculo “patriótico”, enervan el brazo armado del soldado en trance de ofuscación colectiva… Sólo un instinto, el satánico de exterminar, guía los movimientos del robot humano, que ataca o espera. El uno busca aterrorizar al otro con sus bestia­les aullidos. El impulso de todos es desgarrar la piel del enemigo, buscando sus entrañas por deformados ojales… En este fulminante lance, no se distingue si lo que se aspira es matar o morir… Cerca estuve de perder la razón, cuando vi en la vorágine, con pupilas desor­bitadas, los ojos extraviados de mis soldados…¿Somos héroes al prodigar sin tasa ni medida la letal metralla, o cobardes al buscar salvar la vida, a precio semejante?