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Diario de Campaña: los últimos diez días de gloria suprema y extrema agonía “Boquerón debe resistir hasta que muera el último hombre”






1 octubre, 2017

PRIMERA PARTE

 Del 9 al 29 de septiembre de 1932, Bolivia vivió una de las sangrientas y épicas batallas de la guerra del Chaco. Rememorar la batalla de Boquerón cada año que pasa debe ser una obligación y convicción para mantener latente la epopeya de suprema expresión de heroísmo que vivieron 448 oficiales y soldados bolivianos que defendieron la patria y ofrendaron sus vidas, provistos de 350 fusiles, 40 ametralladoras, 3 cañones y dos cañones antiaéreos, al mando del Tcnl. Manuel Marzana. El comandante paraguayo José Estigarribia colocó alrededor de Boquerón una fuerza de 11.500 efectivos. En homenaje a los que combatieron, murieron y fueron prisioneros, recuperamos de las páginas del Diario de Campaña del My. Alberto Taborga Terrazas los últimos diez días de esa batalla, que será publicado por partes. Este valioso documento poco conocido y que será publicado en dos partes; testimonia el sacrificio de nuestros soldados la mayoría de origen campesino traídos del altiplano que junto a oficiales del ejército compartieron las trincheras y penurias, y soportaron estoicamente el cerco de Boquerón. Una página inolvidable de la historia de nuestro país, registrada en el territorio del Departamento de Tarija, que merece rememorarla por estar considerada entre una de las máximas muestras de heroísmo que registra la historia militar del mundo.

 

 SEPTIEMBRE 9 DE 1932

Las cuatro de la madrugada. Ante la presión de las avanzadas enemigas se han replegado nuestros puestos adelantados. Estamos listos. Va despejando la niebla. Los dientes castañetean y es imposible dominar el temblor de las piernas. Las cinco. La artillería y los morteros enemigos rompen los fuegos, iniciando su preparación de ataque. Se oye un griterío feroz. Los “pilas” se esfuerzan en amedrentarnos, quieren aparentar con sus alaridos ma­yor número del que realmente deben contar. Suenan sus bandas de música: “Campamento” y “Cerro Corá” son las polcas épicas paraguayas que más les enardecen. Los proyectiles 105 vienen con un ruido peculiar, como si estuvieran envueltos en papel de seda. Las explosio­nes son desmoralizadoras. Dan la impresión de oír caer un piano sobre un tablado.

Las ocho. Se inicia el ataque frontal. De la orilla del monte que queda a mi frente surgen tropas a ca­ballo. En el flanco izquierdo ya se ha comprometido el combate. Observo: dos escuadrones progresan por el ancho pajonal, sin precaución alguna, sin interva­los, marchando al trote. Con gritos y ¡hurras! nos de­safían. Sus risotadas nos son claramente perceptibles. Se acercan. Tenemos orden de vigilar estrictamente el empleo de munición. No debe dispararse sino a distan­cias mínimas. Nuestros soldados contemplan absortos, más con curiosidad que con temor, las maniobras de la caballería enemiga. A los seiscientos metros inician los escuadrones su asalto al galope. Chillan como va­queros que arrean ganado. Minutos anhelantes “¡Añá­nembuí..Añáracopeguaré… Bolis…Viva el Paraguay”!Oímos por primera vez su grito de guerra.

Faltan contados segundos para que rebasen los 400 metros que tenemos marcados en el terreno. Los dedos se aferran nerviosamente a las gargantas de fu­siles y ametralladoras….¡Ya! Doy la señal con un pi­tazo…..Vomitan las pesadas. Se sacuden las livianas. No cesa la fusilería. ¡Hierve, por fin, el caldero de la guerra! Espesa polvareda se levanta al frente… Se despe­ja… Diez minutos ha durado el primer amago. El R.C. 2 “Coronel Toledo” ha sido desbaratado en su primer intento. Sólo quedan caballos sin jinetes galopando por el campo, sus relinchos parecen pedir “alto el fuego”. El rechazo ha sido fulminante. Ayes, lamentos y clamor de heridos…Dura y aleccionadora experiencia para la Caballería enemiga. Ha sido obligada a desmontar sin voz de mando…

Al fragor sigue apacible calma. Nos abrazamos frenéticamente, con alegría criminal… Nuestros solda­dos salen de sus madrigueras para recoger armas, mu­niciones, equipos y bolsas de víveres de los muertos paraguayos. Probamos el gusto desabrido de la clási­ca galleta paraguaya. Fumamos “charutos” de tabaco fuerte. Nos aprovisionamos de yerba mate. A mi izquierda: Dávila, Guzmán e Inofuentes, tienen aferrado al enemigo, en la parte de nuestras trin­cheras que los paraguayos han bautizado con el nombre de la “Punta Brava”. Ellos han sufrido muchas bajas. Yo, apenas cuento cuatro heridos. Frente a la “Punta Brava” han caído en el primer asalto los mayores paraguayos Rivas Ortellado y Mel­garejo, comandantes de Batallón de los Regimientos “Corrales” y “Curupaytí”, respectivamente.