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Un café con Patton





20 septiembre, 2017

Por Ramón Grimalt

Habíamos quedado por la mañana en una cafetería de Calacoto lo suficientemente atestada  como para que nadie reparara en nuestro encuentro. Él, un coronel del Ejército, se presentó cinco minutos antes del horario establecido y pidió un café moteado con leche. Vestía de paisano, con elegante corrección, chaqueta de tweed y pantalones de franela. Advertí que portaba un maletín de cuero que cuidaba con el escrúpulo natural del militar que lidia con todo tipo de órdenes y secretos. Por un momento tuve la sensación de hallarme en el escenario ideal de una novela de John Le Carré. Pensé, “este milico bien podría ser un agente soviético a punto de ofrecerme los planos de una instalación nuclear próxima a Cracovia a cambio de la posibilidad de vivir en libertad en una cabaña de madera a orillas del lago Michigan” y sonreí como seguramente lo habría hecho George Smiley, al servicio de su Graciosa Majestad.

-El señor Grimalt, supongo… Deslizó el coronel a quien reconocí enseguida por su tono de voz cascado, ronco, propio de quien trata de dejar de fumar y no lo consigue pese a su férrea disciplina digna de un espartano.

Estreché la mano que me ofrecía con firmeza y me senté.

-Le escucho. Dije secamente.

-Mire, usted sabe que he sido incluido en el juicio de responsabilidades por el caso misiles. No voy a declararme inocente ante usted porque no corresponde. Eso lo guardo para el proceso que, sin duda, me seguirán en el Congreso. Se me acusa de revelar secretos militares a una potencia extranjera cuando en aquel entonces yo era un teniente coronel asignado a una misión de Naciones Unidas en Haití. Comprenderá usted, por lo tanto, que nada tengo que ver en ese asunto por una cuestión de sentido común. Entonces estaba alejado de cualquier esfera de decisión militar. Me limitaba a recibir órdenes y ninguna de ellas tuvo que ver con la entrega de esos misiles a los yanquis.

-Pero usted sabía dónde estaban…

-Por supuesto. ¿Y quién no? La agregaduría militar estadounidense los revisó varias veces y comprobó que estaban en orden. Nadie los había tocado. Eso no era un secreto, porque se cumplían protocolos. Puedo decirle, claro, que yo estuve presente en una prueba técnica realizada en La Paz. Entonces se disparó uno de esos misiles y todo resultó un estrepitoso fracaso. Lo grave es que estaba presente el agregado militar chino que entonces no supo dónde meterse.

-¿Eran misiles de alta tecnología?

-Ni mucho menos. Databan de la guerra de Vietnam.

-¿Y por qué se entregaron a los americanos?

El coronel ladeó levemente la cabeza como si buscase una explicación, tomó una bocanada de aire fresco que penetraba por una ventana entreabierta y dijo:

-Mire usted. Lo ignoro, pero voy a decirle lo que supongo. En 2005 se iba a celebrar una cumbre de la OEA en Buenos Aires a la que iba a acudir el presidente George Bush. Como el país atravesaba por un, digamos, periodo de convulsión social e inestabilidad política, presumo que Washington temía que esos misiles cayeran en manos de grupos irregulares. No podían correr riesgos, lógicamente.

El militar de carrera, apuró su café entornando los ojos, disfrutando ese momento. Luego se aferró a mi antebrazo y sentenció lacónico:

-Si este maletín hablara… Pero mejor no. Iré al juicio como en su momento fue Dreyfuss. Espero que usted pueda escribir esa historia. Confío en que así sea.

-¿Y la verdad se sabrá algún día? Pregunté.

-La verdad es cosa de filósofos. Y, señor, yo soy un militar orgulloso del uniforme que visto. Jamás traicionaría a mi país.

Su puso en pie, se puso un abrigo largo, Loden, se despidió y abandonó el local con gallardía. Mi cita con Patton había concluido sembrando inquietudes que espero resolver algún día. O quizás no. Depende.

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