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Sobre la descendencia del libertador: Bolivia, su hija Predilecta






10 septiembre, 2017

D.A.E.N. Marcelo Arduz Ruiz (*)

A la ciudad madre, surco y semilla en la historia del Nuevo Mundo, que asentada sobre la riqueza proveniente del Cerro Rico estableciera el mayor emporio de plata de todo el Virreinato del Perú, el rey Carlos V le otorga el título de Villa Imperial colocando a los pies de su emblemático blasón la inscripción: “Soy el rico Potosí, del mundo soy el tesoro, soy el rey de los montes, envidia soy de los reyes”; por lo cual Cervantes acuña en lengua castellana la célebre expresión “Vale un Potosí”.

El año 1825, al arribar Bolívar para asumir el mando supremo en la naciente República que lleva su nombre, añadiría a sus múltiples glorias el limbo de los laureles de la libertad americana ceñidos en su testa. Recibido con los vítores de “Gran Príncipe” que le endilgaba todo el pueblo agolpado en sus estrechas calles, según registran las crónicas de la época la recepción que se le tributara fue tan fastuosa y magnífica como las que recibiera en Lima, Arequipa, Cusco y La Paz.

Dos leguas antes del ingreso a la ciudad, bordeaban el camino arcos triunfales de coloridas las flores y tules que los ornaban, luciendo “en todos la plata, el oro y la pedrería más rica, y en algunos de ellos grandes pebeteros de filigranas de plata que aromatizaban el aire con las más ricas resinas y perfumes orientales”. Estos arcos estaban coronados de divisas y leyendas a la cual más patriótica, en las que el pueblo potosino mostraba su veneración y cariño al padre que había liberado suelo americano.

El Gral. Miller añade que en cada tercer o cuarto arco, “estaba una partida de cuarenta indígenas, vestidos muy ostentosamente con penachos de plumas en la cabeza”, que al paso de los dragones que a caballo y portando varas doradas escoltaban al Libertador y su séquito, interpretaban danzas al compás de quenas, zampoñas y tambores sumándose al final de la comitiva multitudes indígenas de a pie, para acompañar fervorosamente a quien los había librado de la sangrienta mita en los oscuros socavones.

Además de numerosos y valiosos obsequios que las autoridades civiles, militares y eclesiásticas le ofrendaron, el historiador Luis Subieta Sagárnaga hace constar en su obra “Bolívar en Potosí”, que en recuerdo de los fastos se erigió un pequeño obelisco con inscripción conmemorativa. No obstante, ninguno de los honores que recibió el Libertador en su apoteósico recibimiento, junto a discursos que se pronunciaron en fastuosas recepciones de palacetes, se podrían comparar a los de su ascensión a la montaña de plata.

En suma, en el cerro que Arzans tildara entre otros epítetos como “Emperador de los montes, Rey de los cerros y Príncipe de todos los minerales”, Bolívar pudo completar los pasajes de la sublime trilogía por la cual transitó su genio libertario: primero en el Monte Sacro en Roma donde delante de su Maestro vislumbró en profético sueño la libertad americana; luego sobre el Chimborazo donde “en delirio” llega a dialogar con el tiempo y con el destino; y por último en la famosa cumbre del Sumaj Orco donde pudo verificar el pasmoso designio que le había correspondido cumplir.

Al anuncio de veintiún salvas en la alborada, campanadas en los templos, bandas de música, cohetes y el desbordado entusiasmo entre hombres, mujeres y niños que inundaba el ambiente, se dio realce extraordinario a la fecha entre una inmensa muchedumbre de todos los estratos sociales apostada en todo el trayecto que recorría el Libertador. Una lluvia de ramilletes, pétalos de flores, mixturas y hasta de monedas de oro y plata que se mandaron a acuñar, eran lanzadas al paso del Libertador montado en su brioso corcel y brillante séquito, entre el que se encontraba el Gran Mariscal de Ayacucho, Simón Rodríguez, sus máximos generales y legaciones diplomáticas de varios países.

En la cumbre se había construido expresamente el llamado “Templo de la Victoria”, donde en medio de un ambiente impregnado de aromas, simbolizando a las repúblicas americanas le brindaron la bienvenida un grupo de jóvenes de la más distinguida sociedad potosina. Entonando himnos al compás de una magnífica orquesta, le entregaron la “Llave de Oro” de aquel simbólico Palacio de la Libertad y cada una de ellas le hizo una ofrenda plena de fervor patriótico, entregándole guirnaldas de flores.

El momento culminante se produjo, en la fervorosa alocución cuya memoria guarda la historia, cuando la hermosa dama María Joaquina Costa coronó sus sienes con una diadema de laureles: “filigrana de oro tachonada de piedras preciosas”. Fue en esas circunstancias que -“sin que nadie se apercibiera de ello”- la dama le comunicó al oído el plan que ese día se había fraguado para asesinarlo entre las sombras. La revelación, le motivaría a permanecer esa noche en su aposento dando pie a un gran romance del que proviene la descendencia del gran héroe de América que quedara en tierras de la llamada “Hija predilecta del Libertador”, siendo registrada por el connotado bibliófilo nacional don Arturo Costa de la Torre.

 

(*) Miembro de Número de la Academia Boliviana de Historia Militar

 

Fuentes: – La Época. Ruby Portugal Poma y José Flores Mamani. Biblioteca y Archivo Histórico de la Asamblea Legislativa Plurinacional. Agosto. 2017.

–              Revista de la Biblioteca y Archivo Histórico de la Asamblea Legislativa Plurinacional

–              Fogón Criollo. Remenbranzas Chaqueñas. José Centeno Bilbao. 1998