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El Duende Espantado





8 septiembre, 2017

Marcos Caballero Calbimonte

Modernidad es una palabra o término de notable significado y contenido; desde su advenimiento en el lenguaje sintetiza admirablemente una forma de relación que el hombre ha adoptado con el mundo que lo circunda.  Para intentar comprender el mundo el hombre moderno lo observa desde un sitio separado del mundo creyendo mejorar su perspectiva distanciándose de él, pero al alejarse también se ha ido enajenando de él.  En todas las épocas lo moderno siempre ha implicado un irremediable distanciamiento entre el hombre y la maravillosa multiplicidad de la vida del mundo y los espíritus engendrados por ella. 

La modernidad no sólo cambia nuestra visión del mundo, cambia nuestra actitud respecto a él: el antropocentrismo de la modernidad exige domeñar a esa inmensa corriente de vida que fluye por los bosques, los ríos y los montes aniquilando aquel espíritu libre, hermoso y salvaje solo para sacar provecho de su abundante generosidad.  Avasallados, los espíritus de la naturaleza huyen en busca de sus últimos refugios y baluartes, a sus más remotos santuarios y a sus catedrales más ocultas donde aun perduran las sombras de sus dioses, a los rincones más recónditos de sus antiguos y vastos dominios que con brutal celeridad y atropello van cayendo a la despiadada conquista.  Este avasallamiento es nuestra infernal victoria y es, y será, nuestra más terrible tragedia.

Hasta hace solo unas pocas décadas, en las quebradas profundas y perfumadas de nuestro hermoso valle, en sus parajes alejados, verdes y arroyados, en los bosquecillos de la cordillera donde nacen los ríos, y en las ocultas y cristalinas albercas naturales de esas montañas, la presencia de la fauna mágica de ese mundo prístino era tan intensa que aún los menos sensibles podían percibirla.  Al igual que en los bosques pedregosos de Arcadia donde el susurrante sonido de las flautas de los faunos estremecía a los caminantes solitarios que los atravesaban, o el canto de las ninfas que llevado por el viento sobre las playas del Egeo endulzaba las labores del pescador cretense sobre sus redes al ponerse el sol, la brisa melodiosa de los parajes encantados del valle de Tarija, evocadora de la alegría primigenia de la vida, revelaba al Duende del campo tarijeño.

Tarija hace pocos años sufrió el drama de un Tipnis de menor escala pero igualmente lacerante para la naturaleza, sin que se levantara ninguna voz para denunciar el atropello.  Se trata de la construcción del disparatado camino asfaltado a Sola.  Este camino ha afectado la reserva natural de la cordillera de Sama de manera más impactante que cualquier incendio.  Las dimensiones desmedidas del camino para este sitio de escasa población y poquísimo tráfico vehicular no tienen justificativo alguno y han transformando el paisaje idílico de Sola en una autopista absurda.  Este camino ha habilitado el masivo ingreso de visitantes extraños al lugar, la mayoría irrespetuosos e insensibles con la necesidad de cuidar y conservar uno de los rincones naturales más hermosos no solo del departamento sino también del país.  Basta ver a lo largo de todo el trayecto desde Tarija hasta Sola los costados del camino regados con todo tipo de basura, principalmente latas de cerveza y botellas de plástico, para darse cuenta de las nefastas consecuencias de los caminos invasores. Las pozas de Sola accesibles durante el verano son rebasadas por un público masivo e inconsciente del cuidado requerido para no alterar o dañar las condiciones naturales de esta zona: desechos y desperdicios como pañales, latas, botellas y bolsas de plástico, botellas de vidrio, papeles, etc., son arrojados en las aguas de las pozas y en los alrededores. Inclusive algunos bárbaros han osado pintar grafiti sobre las paredes de piedra que rodean a una de esas pozas.  El verano pasado se registró más de 700 personas en un solo día (el 1ro de enero) en la poza del Rincón de Sola, todas afanadas en la preparación de parrilladas y en el consumo de bebidas alcohólicas, un festín multitudinario profanador de un sitio de sorprendente belleza hasta hace poco apenas frecuentado por escasos campesinos de la zona.  Obviamente no existen servicios de recojo de basura ni baños públicos en el lugar y es fácil imaginarse la cantidad de desperdicios y la descarga cloacal descontrolada y contaminante que generan estas multitudes, mancillando ese sitio que hace no mucho mostraba un estado de extraordinaria pureza silvestre.

De forma similar a lo ocurrido con el incendio donde se evidenció una total falta de organización, planificación y preparación por parte del estado para enfrentar esta terrible tragedia donde la improvisación y la incompetencia fueron las características, el manejo estatal de la Reserva Ecológica de Sama es casi inexistente y, por supuesto, incapaz de impedir que se produzcan irremediables e irreversibles daños como los que se atestiguan en la campiña de Sola.  Los daños causados por el incendio con el tiempo serán remediados por la propia naturaleza, pero la estampida humana que está transformando la belleza en muladar, carece de cura natural.  Pronto no existirá una Reserva que merezca ser reservada.

Cuando desde mis ventanas observo las ennegrecidas laderas de Sama, con tristeza siento que el Duende del campo tarijeño hace tiempo se fue.

Tarija, agosto de 2017

SACA PUNTAS

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SUMA

La Secretaría de Medio Ambiente de la Gobernación informó del rescate de dos pumas que se encontraban en cautiverio en un lote baldío del municipio de Yacuiba, los que fueron enviados al Parque Urbano de la ciudad de Tarija.

RESTA

La Cumbre Departamental de Salud reveló el pésimo estado en el que se encuentra esta área en el departamento con respuestas que no terminaron de convencer por parte de las instituciones departamentales y municipales.