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Un perro rabioso





28 agosto, 2017

Por Ramón Grimalt

El mundo está en guerra. No se trata de un conflicto convencional, con enemigos a un lado y otro del río, incluso con reglas y convenciones, garantizando el respeto a los prisioneros, un adecuado intercambio de ellos en plan muy civilizado y occidental y, por supuesto, la siempre presente posibilidad de acordar un armisticio por respeto a las víctimas colaterales, entiéndase la población civil embaucada por los políticos a su vez representantes de intereses creados que son incapaces de controlar limitándose a bajar la testuz y seguir perdidos en el laberinto del Minotauro. La guerra que nos toca librar a todos-sí, incluso a nosotros los bolivianos y bolivianas alejados del mundanal ruido-nos enfrenta a la intolerancia terrorista ya se trate de fanáticos yihadistas cooptados por el Estado Islámico (EI), radicales de extrema derecha agazapados en alguna buhardilla esperando pacientemente la ocasión, grupos anarquistas antisistema que detestan el estado natural de las cosas y sicarios asociados al narcotráfico capaces de colocar una bomba de tiempo en una escuela si hay plata de por medio.

De momento ellos nos están ganando. La razón es bien simple. Saben que la sociedad occidental, ésta que promueve el bonismo como carta de presentación preconizando el diálogo y la conciliación para la resolución de conflictos y luego todos contentos, no responderá con las armas; vamos, ni siquiera se le pasa por la cabeza romper el esquema de lo políticamente correcto. Claro, ahí están los derechos humanos su observancia y respeto por encima de todas las cosas. El problema, mire usted, es que no estamos combatiendo seres humanos, sino monstruos, alimañas programadas para destruir cualquier atisbo de civilización.

Y es que resulta que cuando un perro tiene rabia, se lo sacrifica para que no propague un contagio. Ese debería ser, a mi modesto entender claro está, el camino de una política antiterrorista efectiva. No es posible ir al campo de batalla armado con una rosa frente a quienes te ponen un AK47 en la sien sin que les tiemble el pulso para apretar el gatillo. Por eso me resulta demasiado cándido, hasta naif, presenciar esas expresiones de luto y dolor de la sociedad civil después de un atentado. Queda muy bien, sin duda, declarar a los cuatro vientos “no tenemos miedo y no responderemos con odio a las provocaciones de los violentos” enviando un mensaje de paz al mundo; pero de momento ellos siguen matando con la impavidez sistemática de saber que si son capturados serán recluidos en un centro penitenciario, subvencionado por el estado, recibirán tratamiento psicológico pagado con nuestros impuestos y quizás, si su conducta es buena, serán rehabilitados y reinsertados en el seno de una sociedad que un día juraron destruir en nombre de Dios sabe qué retorcido ideal o credo mientras nos vestimos una camiseta con un logo que rece “Todos somos París o Londres o Barcelona”.

Continuando con las metáforas, el terrorismo es un cáncer terminal para el que no existe un tratamiento posible. Hace una década hizo metástasis expandiéndose por el resto de un cuerpo enfermo, débil, delicado. Aplicarle quimioterapia o radioterapia es inútil a estas alturas. Si queremos tener una oportunidad, es preciso, imprescindible, extirparlo y para ello se requiere de voluntad para querer ganar la guerra.

Viendo los cadáveres de decenas de personas esparcidos por La Rambla barcelonesa, la ciudad donde nací, sólo atino a considerar si efectivamente la comunidad internacional organizada en instituciones democráticas está realmente comprometida a vencer en la batalla decisiva o al contrario seguir en su rol de cordero resignado a su suerte en el matadero.