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¡ANCIANOS EL MUNDO OS NECESITA!





26 agosto, 2017

Nayú Ale de Leyton.

¡La Iglesia nos necesita! Esta es la exhortación que pronunció Juan Pablo II al dirigirse a cuarenta mil peregrinos que llegaron a Roma para celebrar el jubileo de la tercera edad en el año 2000.

Hoy haremos una pausa para reflexionar sobre las personas de la tercera edad.

En la superficialidad del mundo actual, no valoramos a nuestros ancianos, a nuestras personas mayores, que llevan consigo la riqueza de la experiencia, es una riqueza que tiene un valor incalculable porque es algo que no proporciona ni el dinero ni la ciencia.

La experiencia es el resultado de la vivencia lograda a través del tiempo, del paso de los días, de los años; las personas que fueron pasando en su caminar por las distintas etapas de la vida, van recogiendo sabiduría, van templando su carácter, van adquiriendo ese gran tesoro de la experiencia.

Con razón dijo el Santo Padre: Amadísimos hermanos y hermanas, la Iglesia os contempla con gran estima y confianza. La Iglesia os necesita. Pero también la sociedad civil necesita de vosotros”. Porque la experiencia es la madre de la ciencia, es la brújula que puede y debe guiar al mundo.

Una persona mayor nos debe inspirar respeto, por ser quiénes ya han vivido y han pasado por circunstancias y momentos de alegría, de dolor.

Esas sienes blanqueadas por el tiempo nos deben hacer reflexionar, esos seres que llevan dentro un cúmulo de sabiduría y de recuerdos, deben tener en nuestra sociedad y en nuestros hogares un lugar privilegiado; y aprovechar todos de sus consejos y de su guía.

Debemos ser solidarios con las personas ancianas que viven en la soledad, quizás en su juventud estuvieron rodeadas de hijos, de familiares de amigos y hoy con la espalda curvada por los años, con la salud quizás quebrantada se sienten solos y desamparados y ¿dónde están esos seres a quienes ha consagrado su vida?. Tenemos que pensar que somos arrieros en el camino y mañana, cuando lleguemos a esa etapa quizás también estaremos solos.

Los que hoy son ancianos, son los jóvenes del pasado que nos abrieron los caminos para llegar a la meta de hoy; las personas mayores en el ayer aportaron a nuestra sociedad con su capacidad al mundo de la ciencia, del arte, de las letras, agradezcamos a ellos el riquísimo caudal de conocimientos que en la actualidad sirven de punto de partida para nuestra juventud, agradezcamos a los grandes profesores, dirigentes cívicos y sindicales que lucharon por nuestra tierra, a las madres y padres de familia que dedicaron sus vidas para brindar a sus hijos un futuro mejor, para abrirles amplios horizontes dónde se perfilen mejores condiciones de vida.

Y el Señor también nos habla en (Eclesiástico 3-1,18). “Hijo cuida a tu padre en su vejez, pues la caridad para con el padre en su vejez te servirá como reparación de tus pecados. Cuándo estés sufriendo Dios se acordará de ti. Como quién injuria a Dios es el que abandona a su padre y maldito del Señor quién ofende a su madre”.

Precisamente en cuanto personas de la tercera edad, los ancianos tienen una contribución específica que ofrecer para el desarrollo de una auténtica “cultura de la vida”: testimoniar que cada momento de la existencia es un don de Dios y que toda estación de la vida humana, tiene sus riquezas específicas que deben poner a disposición de todos.

Desde el punto de vista cristiano debemos respetar y acoger a los que han llegado al atardecer de la vida.

 

 

 

 

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