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Esparcidos





22 agosto, 2017

Mario Mamani Morales

Cuando fracasó el intento de los hombres de alcanzar el cielo a través de la construcción de la Torre de Babel, la humanidad fue esparcida por el mundo según la lengua que entendían. Dios ocasionó una gran confusión en la muchedumbre, según el relato bíblico. Podemos entender esta escena como la primera migración masiva que se produjo para habitar diferentes territorios, hoy convertidos en naciones.

En los días actuales continuamos siendo dispersos por la necesidad de sobrevivencia, en ocasiones inclusive dejando para siempre los orígenes o las raíces culturales para asumir otra; pero se trata de sobrevivir.

El departamento que más migrantes recibe es Santa Cruz, allí existe una heterogeneidad cultural y de estirpe; toda una gama de personas que diariamente mueven la economía, una dinámica que hace el progreso, expansión de los anillos de la ciudad o nacimiento de otros pueblos.

Roboré es muestra de esta realidad. A poco más de 400 kilómetros de la Capital. Ligada a la cultura y la red turística chiquitana. Allí la actividad es febril, incluido los fines de semana porque los familiares de los conscriptos, cobijados en cuatro unidades, llegan de todas partes del país para visitar a sus seres queridos.

Javier es un joven que cumple el servicio militar obligatorio. Se lo encuentra en uno de los puestos de venta de comidas del mercado de Roboré. “Mis padres se vinieron del norte de Potosí hace años, yo nací en el monte de territorio Guarayo”, conversa con los comensales a los que atiende muy servicialmente. Cuando salgo de “franco” vengo a este puesto y la señora me deja trabajar, sostiene.

Me alimento bien, señala, y esto se puede comprobar porque al final del trabajo en las horas críticas de medio día, él se sirve un buen plato, se sienta a la mesa y come con avidez. “Nadie me viene a visitar y mis padres ni saben que estoy aquí”, afirma.

Él es un soldado vivo, no se morirá de hambre. No tiene visitas como el resto de sus camaradas; pero por algunas horas deja el uniforme militar y trabaja para ganarse la comida del día.

Roboré es un lugar turístico por excelencia. Sus alrededores son paraísos, con vertientes únicas, balnearios, otras obras dejadas por los jesuitas en cuanto a religión se refiere. A 30 kilómetros más allá está Aguas Calientes cuyas arenas son consideradas terapéuticas  y la oferta de transporte es fluida por tierra o el ferrocarril.

“Dejé mis orígenes hace más de 30 años, tengo mis raíces en Punutuma, departamento de Potosí”, conversa el chofer de un vehículo conocido como los “surubis” que hace el recorrido por esta ruta. “Estoy bien, me casé en Roboré, el auto es mío, tengo mi casita, en el matrimonio fui bendecido con tres hijos, no me quejo”, cuenta con las manos firmes en el volante y la mirada al asfalto candente a algo más del medio día.

¿Piensas volver a tu pago? Pregunta uno de los pasajeros. “No, allá la vida no era fácil”, responde; pero dice que de vez en cuando, va para alguna fiesta patronal o al llamado de algunos familiares que todavía quedan en su pago de origen.

“Yo vine de una provincia de La Paz, Omasuyos”, afirma alegre un hombre que pasa los 60 años. Tiene la tez morena, alegre. Vende comidas y salteñas en una parada final del servicio de mototaxis, frente al hospital de Roboré. “Soy jubilado, trabajé como portero por más de 30 años en único Colegio que había”, comparte. “Me vine chico, ahora estoy acostumbrado aquí”, sostiene, en un leguaje con tono oriental. Los seres humanos vivimos esparcidos por el mundo, sobrevivimos.