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21 agosto, 2017

Mario Mamani Morales

Acabamos de cumplir 192 años de existencia como país, presente en el consenso mundial de las naciones del mundo. En las tres últimas décadas se han producido profundos cambios dentro de la historia, cuyas páginas han sido escritas con dolor, sometimiento, saqueo de las riquezas, enriquecimiento de pocos hasta erigir fortunas en el exterior gracias a las pulmones escupidos con sangre de los sometidos en una condición similar a la esclavitud sino en las minas, también en las haciendas dejadas por los españoles. Una historia dramática.

Antes de éstos 30 últimos años, era impensable que las Fuerzas Armadas, es decir, los soldados bolivianos marchen por la misma acera que los ciudadanos de a pie, el pueblo, que además pagaba (aún lo hace) sus uniformes vistosos, sus ingresos mensuales, sus armas, viviendas y otros beneficios.

Sus jefes y oficiales se consideraban una casta especial; con una arrogancia y desprecio por el pueblo;  por los obreros y campesinos, también por los jóvenes universitarios de esos años que eran considerados sus enemigos. Muchos salieron de ése pueblo; pero para vestir uniforme se cambiaron de apellidos, negaron sus raíces, su condición social dejada atrás con la complicidad de sus propios familiares para que hagan fila en la nueva casta.

En los gobiernos de facto siempre convocados a salir a las calles y plazas para reprimir la protesta del pueblo, matanzas crueles de miles de civiles que exigían democracia, respeto a los derechos ciudadanos, salarios justos, tierras para los campesinos.

Durante las dictaduras, los jóvenes oficiales obligados hacían un curso en la “Escuela de las Américas”, ubicado en Panamá de donde volvían con una insignia prendida que rezaba: “uno para todos y todos para uno”, que cubría el entrenamiento anticomunista, la garantía de obedecer sin derecho a opinar a la obediencia del imperio de Estados Unidos de Norte América, que además financiaba el curso.

El pueblo gritaba al unísono: “abajo la bota militar…”, luego la represión, el estado de sitio, el confinamiento, andar con el testamento bajo el brazo, o los campesinos reducidos al son del “pacto militar” que era levantar siempre en andas al gobierno de turno; caso contrario tildado de “rojo, comunista”.

Rescatar la democracia que se vive hoy tuvo el costo de muchas vidas, obreros, campesinos, universitarios. Los soldados al frente y el pueblo en marcha contraria, sin temor a las balas, las tanquetas, las metrallas o los aviones de caza sobrevolando bajo, infundiendo miedo; pero las ansias de libertad podían más. Hoy las condiciones son diferentes.

Bolivia es diferente de hace tres décadas, más los últimos diez años cuando las Fuerzas Armadas tienen otra mirada de ése pueblo: ayer enemigos, hoy caminando, mejor, marchando juntos. ¿Será falsa esta percepción? ¿Volverían esos años de terror y dictaduras para someter al pueblo? ¿Se volvería a vivir los anuncios de una asonada militar? ¿Civiles tocarían las puertas de los cuarteles para invitar a los soldados a golpes de Estado como ocurría con algunos que hoy todavía viven? ¿Está bien cimentada esto de la descolonización? ¿La sangre del pueblo corre de verdad en las venas de quienes tienen mando en las FFAA?

En los tiempos actuales y dadas las condiciones del avance de la tecnología militar es irresponsable pensar en un Ejército para la guerra tradicional; las batallas  hoy son de otra naturaleza y fin, por tanto se tiene otra concepción de tener una Fuerza Armada; pero por sobre todas las cosas es importante que ésta esté dentro del pueblo, unida al él como la piel cubre al cuerpo, garantizar su crecimiento, desarrollo, libertad, soberanía e independencia que antes era sólo teoría. Algo para reflexionar sobre las paradas militares.