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La paradoja de una promesa de fe






18 agosto, 2017

 

Mercedes Bluske y Jesús Vargas Villena

(Verdadcontinta-agosto/2017)  “¿Mujeres chunchos? ¡Claro que las hay!”, reveló una persona muy cercana a la Iglesia tarijeña que pidió guardar en reserva su nombre, al asegurar que es difícil controlar entre las más de 5.000 parejas, si detrás del turbante y ese traje hay alguna figura femenina.

El reglamento de los promesantes chunchos lo prohíbe, el cual, en sus últimas modificaciones, no tocó ni por casualidad este tema, incluso, no hay el permiso para que las mujeres puedan participar como “tamborilleras” o “quenilleras”, acompañando la procesión con el ritmo de sus tambores o quenillas.

Si Cristo llevó encima una pesada cruz de madera, aguantó escupitajos e insultos, mientras se desangraba  en su largo recorrido hacia Gólgota, por qué no aguantar un pequeño y liviano tambor entre su cintura para seguir tocando, pese a las recriminaciones en su contra.

Durante la procesión por las calles de Tarija, ese fue uno de los pensamientos que pasó el año 2013 por la cabeza de Paola Añez Gareca, una joven de 27 años, cuyo caso hizo evidente un fenómeno existente en esta capital, el que se esconde bajo el manto de la tradición.

Fue una tarde del martes 03 de septiembre de 2013, cuando Paola junto a su hermano, salió en procesión con su tambor para cumplir la promesa a San Roque, ni se imaginaba de todo lo que se veía venir.

“Dile a tu hermana que deje de tocar el tambor o todos los músicos se saldrán”, fueron las palabras de otro tamborillero al joven, que inmediatamente contó de esta inquietud a Paola, que un poco acongojada por lo que estaba empezando a pasar, le dijo firme; “seguiré tocando, debo cumplir mi promesa”.

Poco a poco, pasando el puente San Martín, cuando la procesión se dirigía hacia la capilla de Guadalupe en el barrio Senac, los tamborilleros y quenilleros se fueron saliendo de la procesión, quedando solamente los dos hermanos, abasteciendo del ritmo de sus pequeños tambores  a más de 1.000 parejas de chunchos.

En el camino de retorno, a la altura del puente El Peregrino, donde se ubica la imagen de la Virgen de Chaguaya, un joven aficionado se compadeció de los dos hermanos, sacando el tambor que tenía en su casa y se metió en medio de la procesión para apoyarlos con su instrumento, además que los mismos promesantes necesitaban escuchar este sonido para guiarse en sus pasos.

Sin embargo, pese a la necesidad de tener más músicos en medio de la procesión, dos promesantes chunchos rodearon al joven aficionado y lo alzaron por los codos, sacándolo al borde la avenida, advirtiéndole que no vuelva a meterse.

Situación similar ocurrió con otro hombre mayor que se metió con su quenilla, a quien con el mismo método, sacaron del medio de la procesión.

La joven entre lágrimas, pero con el apoyo firme de su hermano que no se movía de su lado, más su inquebrantable fe, seguía en medio de la procesión, tratando de desentenderse de los insultos y los calificativos de todo tipo que venían de los mismos chunchos, e inclusive de mujeres que presenciaban el paso de la procesión.

“Me sentía como una leprosa”, recuerda la joven.

Otra testigo cercana de aquella dura realidad, fue su madre, quien iba caminando al lado de la procesión y tratando de refutar a todas las personas que insultaban a su hija por haberse atrevido a meterse en medio de los promesantes chunchos.

Fue un día difícil, pero la promesa seguía en pie, aún faltaba la procesión más importante, la del encierro.

Tras una reunión entre los dirigentes chunchos, con miembros del Comité Organizador, ante la presión social por la difusión de este hecho en los medios de comunicación, incluso a nivel nacional e internacional, decidieron dejarla salir, pero con una drástica condición: El silencio.

Ella tendría que salir en medio de la procesión, pero sin tocar el tambor, si quería, que lo lleve puesto al hombro. Y así lo hizo. Una vez más, empezaron a lloverle los insultos, no solo de los promesantes chunchos, sino también de  las personas que presenciaban el lento caminar de los promesantes.

Reviviendo la imagen de Jesús, Paola siguió firme hasta llegar a la subida de la calle Sucre, donde sorpresivamente, salió a su encuentro alguien que acalló todas las voces contrarias, solo con mirarla a su tía,  por quien había sido la promesa.

Pasaron cuatro años de aquella oportunidad, la joven mantiene su promesa al santo pero lo hace como cañera, junto a otras tres mujeres que participan con ella.

“Hace un año atrás hicieron problema por la tamborera que quiso entrar, por lo que ella decidió pasarse a tocar la caña y ahora es mi pareja”, relata orgullosa, Marcela Jerez Echavarria, de 40 años quien desde niña acompañó a su padre que es el presidente de los cañeros, donde hay mayor docilidad para participar de la festividad.