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Agua para vivir





16 agosto, 2017

Preocupa el saber que cada año debemos ocuparnos de la sequía, sin ser especialistas en la materia sabíamos que otra vez se presentaría, que nuevamente ocuparía titulares de malas noticias, que nuestros animales se morirían de sed y nuestros campos y cultivos se secarían por falta de agua. Todo era absolutamente previsible y no porque seamos videntes sino porque simplemente siempre sucede, cada año es la misma “cantaleta”, porque no se hace nada para acabar con esta historia, no sorprende la dejadez de las autoridades, si el sufrimiento de las víctimas de este flagelo que saben muy bien que las volverá a golpear y no toman ninguna clase de previsión. La época seca ya viene otra vez, más nos importan sus consecuencias que si debía llegar después, una economía deprimida, productores hundidos por sus pérdidas sucesivas y abandonados por el Estado.

Pariente cercano de la sequía es el estiaje que igual se traduce en la falta de agua, que se entiende para consumo humano… y otra vez jugamos a prestidigitadores ya que anticipamos que nos volvería a golpear.  Nuevamente la ciudad de Tarija sufrirá los efectos de la insuficiencia de agua para la población, los barrios periurbanos son los más afectados, otra vez la gente que menos tiene debe saber que no tiene agua, que se ocuparon de hacer coliseos, parques sin árboles, monumentos de piedra, de jugar con las aceras, etc. pero no de una prioridad para la vida: dotar de agua potable a la población… como siempre sucede, la gente se quejará pero soportará porque no tiene otra opción, todo pasará y con el transcurrir de los meses se olvidará  de que no tenía agua para tomar… hasta que llegue el momento en que la historia deberá repetirse ocupando esos grandes titulares y así, cíclicamente todo volverá a suceder. Y nos seguirán mostrando videos en la tele de que hoy es diferente que ayer, cuando los de hoy también estaban y decidían ayer… Y hoy nos cuentan historias demagógicas que un pueblo noble por necesidad las cree.

Tenemos un pueblo paciente, en extremo, y autoridades totalmente divorciadas de sus auténticas necesidades, ambos forman ese círculo vicioso en el que ya no se distingue quien tiene mayor responsabilidad: el que no hace nada teniendo el poder de hacerlo o el que deja pasar a pesar de su necesidad, soportando la ineficiencia del primero a quien no le importan las consecuencias de su inercia.